Hoy me comen los demonios.

Lo que me pierdo. Lo que recupero. Lo que me enfada. La realidad detrás del comienzo de la custodia compartida.


Llamémosle mal día. Una no siempre puede llevarlo bien, por más cosas buenas que también descubras de la situación. Y dicen que está bien aceptarlo e incluso decirlo en voz alta. Pues aquí me tienes; practicando.

Este mes de septiembre ha empezado el régimen de custodia compartida de mis hijos. Y con él, he pasado de malabarear -nivel profesional- para estar con ellos cada día de mi vida, llegando a todo, sin perderme un minuto libre de su existencia (excepto el de los fines de semana alternos), a perderme la recogida del primer día de i3 de mi hija mayor.

¿Cómo se come eso? Pues cuánto menos, con un flan; ahogando penas.

También me he perdido el consolar el llanto de los primeros días de guarde de mi hijo pequeño.

Ese llanto que gustas y odias. El que a la vez logra romperte y llenarte. El llanto con el que te dice alto y claro que no se quiere separar de ti.

Pues me lo he perdido, porque los primeros días de la semana han sido días de papá.

La vida, que está hecha para compartirla, dicen también. Hay que joderse.

Bueno, ahora vengo con las rebajas del drama, porque honestamente, el tiempo que estoy recuperando desde que el padre hace de padre, también es una suerte de regalo para una madre que recién sale de dos under two. Y hablo de recuperar lo básico: dormir seguido. Ducharme tranquila. Levantarme sin saltar de la cama. Llegar al trabajo a una hora decente. Lograr hacer deporte. Cenar con amigas, ver una serie y disfrutar del silencio.

Lo vengo diciendo hace meses y a la María que habita en mí, le duelen los oídos al escucharlo pero ahí va: separarse no está tan mal. Al contrario. Cada vez le encuentro más pros. Que otro día ya contaré.

Hoy sigo contándote el porqué de mi mal día.

Hoy me tocaban a mí; lo que a priori debería tenerme el contento por las nubes. Pues nanai. Porque ha sido una noche de no dormir, con ambos en mi cama, intentando hacer cómodo el huequito ínfimo que dejaban sus cuerpecitos yacidos despreocupados y desvelándome continuamente por y para sus despertares organizados a turnos, provocados por la nada misma. Noche pésima seguida de un día desastroso. De llantos y más llantos. Brazos y más brazos. Noes y yos.

Y ¿por qué me comen los demonios? Porque llevo toda la semana soñando con tenerles, ha llegado el día y ha sido un día de shit. Literalmente he deseado que llegara la hora de irnos todos a dormir. Que transcurriera el día.

Y ya sé que esto nos pasa a todas. Pero me enrabia que me pase ahora que solo dispongo del 50% de su tiempo.

Me enrabia y me enfada.

Y ese enfado conecta con otros enfados.

  • Enfado con su padre por romper el compromiso familiar.

  • O por ser el tipo de persona que ni siquiera lo siente.

  • Enfado conmigo por elegir mal.

  • O por no haberlo visto antes.

  • O por ser yo la que tuviera que romper con el patrón familiar.

  • Enfado con la vida por hacérmela tan difícil.

  • O por no poder esperar más a que llegue aquello tan mejor que me tiene preparado.

  • Enfado con el juez, que sentenció sin leerse mi demanda ni los 67 documentos que le acompañé.

  • O por tener que esperar otro año más a que el recurso se resuelva.

Enfados todos que me han tenido deseando que acabara el día para sacarlos.

Así que aquí los dejo.

Me voy a leer, el tiempo que mi sueño me permita. Que mañana una tiene cole y el otro mano a mano conmigo, llamado día de libre disposición. Empieza bien porque me emociona pensar que va a ser un súper día.

Si estás en las mismas que yo: ánimo y nos leemos por aquí. De momento.

No es la de su primer día, sino la de su primer nuestro día.

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La primera separada de mis amigos.