La primera separada de mis amigos.

De cuando la vergüenza y la tristeza que tanto me acompañaban al inicio de mi separación, se transforman en recuerdos que afianzan la serenidad que me acompaña hoy.


Llevo días pensando en esto. Y me he dicho qué tal vez a ti también te pase y te pueda ir bien leerlo.

En casi todos (bueno, casi no, en todos) mis distintos entornos de amigos, he sido la primera en divorciarme. Y aunque tiene sentido porque soy muy joven y estadísticamente todavía “no me tocaba”, se hace raro.

A decir verdad, te confieso que gracias a Dios no estaba casada. Así que técnicamente, “solo” me he separado. Pero con dos hijos y una hipoteca de por medio, siento que el término “divorcio” denota más seriedad (¿o gravedad?) y, en definitiva, le va más al pelo.

En otro orden de cosas: me fascina el uso de las palabras y lo que buscamos con ellas.

Anyway, a lo que iba, que me voy por las ramas.

Hoy te quiero contar que el domingo tuve una comida en Lleida con mis amigos de la universidad y sus correspondientes hijos.

Comida de la que, por supuesto, saqué varias reflexiones. Las 3 horas del trayecto en coche (gritos, audiocuentos y palitos mediante), dan para mucho.

Primera reflexión: sola, se puede. Y, spoiler: puede ser incluso mejor.

No te voy a negar que la idea de la hora y media de trayecto en coche casi se carga mis planes. Y el hecho de ir sola. Con los dos. Todo el día por ahí. Excusas todas que bien me podrían haber servido para no ir.

De hecho, “no sé cómo lo haces tú sola con dos” creo que fue la frase más repetida. Y no se referían a que hubiera ido a comer.

Para mí es obvio ir sola pero lo recalco para visibilizar el hacer planes aunque estés “sola” con los niños. Y que no tienes por qué quedarte en casa con tus hijos porque ¿dónde y cómo vas a ir tu sola con ellos?  No lo digo por decir, lo digo porque yo también estuve ahí, creyéndome tal cosa.

Eso sí: no a un restaurante. Soy posibilista pero también realista. Y comerte una hora y media de coche para sentarte a una mesa a comer -guardando mínimamente las formas-, y volverte al terminar, habría sido tortura china para todos.

Fuimos a una masía que tiene la familia de mi amiga María. Lo que garantizaba: espacio controlado pero libre. Tiempo sin más limitación que la propia (y gustosamente improvisada) hora de volver a casa. Otros niños con los que jugar y ser niños. Y lo más importante: la posibilidad de comer de pie, malabareando entre mis dos yos: 1) mi yo que, a duras penas, mantiene una oreja y medio cerebro en seguir la conversación con sus amigas, mientras 2) mi otra yo, lidia en el forcejeo de su hija con otra, por llevar ella el carrito de la muñeca.

Y todo sin que nadie se extrañe. Al contrario. Con barra libre de soporte y ayuda.

¿Qué te cuento?  Pues que me fue inevitable comparar cómo me sentía vs como me sentí en la última comida, con la misma gente, a la que sí fui acompañada. Lo dicho en el spoiler: mejor sola. Y eso que, para aquel entonces, solo tenía una hija.

Y sorprendentemente, amiga mía: no lo veía. Hasta que no me he encontrado lidiando únicamente con ellos, no he tomado verdadera consciencia de lo fácil que resulta lidiar solo con ellos. Y no con caras serias ni con culpas. Culpas como la que sientes al comer tranquila mientras la otra persona se ocupa. O la que provoca el querer alargarte en el disfrute, cuando la otra persona antes de salir de casa ya te ha dicho que quiere su tarde de NFL en el sofá. O la del (para mí, odiado) silencio en el trayecto de vuelta, durante el que te (y le) preguntas si está todo bien.

Segunda reflexión: ya no siento vergüenza pese a ser “la única”.

Ni tristeza.

Cierto es que mi grupo de amigos de la uni es uno de los regalos más preciados que me ha hecho la vida. Y estando con cualquiera de ellos (incluidas sus parejas), me siento en casa. Todo es cómodo, fácil, inclusivo y real. Sin fake. Nos queremos todos y entre todos y eso se siente.

Y claro, ayuda a que una no se sienta el patito feo, pese a ser la única sin pareja entre parejas.

Pero el trabajo es interno. De una. Recuerdo como en una quedada con amigas (y maridos), más reciente acontecida la ruptura, me derrumbé al salir mientras ataba a los niños en sus sillitas y el camino conduciendo a casa me lo pasé entre sollozos silenciosos.

Lloraba de pena social. No de amor. Lloraba por verme a mí misma marcharme sola con los niños mientras el resto se recogía con sus parejas e hijos y, en mi fuero interno me los imaginaba juntitos y felices yéndose a comer perdices.

La mente. Lo que hace. Ay mama.

Por suerte, después de mirar mucho para adentro, centrada en cultivar el amor y la bondad y dejando a la mente (y al ego) un rato en paz, este domingo, la vergüenza y la tristeza no vinieron a la bbq. Toma ya.

Tengo más reflexiones del domingo, que te digo que dio para mucho, pero lo voy a dejar aquí. Porque esto daría para podcast.

Que por cierto, me quita el sueño la idea de hacer uno diario. Nada muy pomposo. 10 minutos. Real, natural, directo y en tránsito, obvio. Caminando de aquí para allá, recogiendo a uno o dejando al otro. Siendo yo en mi más pura esencia, acompañándote a ti, ahora que tal vez más lo necesitas.

Ademas, quizás, si cada día te hablo 10 minutos, consigo hacer emails más cortos. Quizás. Solo quizás.

MGG.

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