El hombre ya no ocupa todo el lugar.

Mujeres. Amigas nuevas. Y el viaje hacia adentro.


He dicho todo?

En mi caso, actualmente, ocupa un cero porciento. Bueno, igual un 1% para inspirarme a contar cosas.

¿Que tampoco está bien? Oigan, ya lo sé. Pero ya llegará el momento de las puertas abiertas. De momento el aforo está completo.

No pensaba escribir hoy. Porque es sábado sin niños. Ayer tuve un cumple de 40 de una nueva amiga que no tenía.* Esta tarde-noche voy a un concierto y en el tiempo intermedio quería hacer cosas mundanas pero necesarias. Como hacer la compra, poner lavadoras, desayunar tranquilamente, leer y vaciar mi mente viendo Ginny&Georgia.

Voy a interrumpirme para explayarme en el asterisco antes de continuar porque esto es importante. Más en la etapa personal-vital en la que una treinta-cuarentañera se encuentra al separarse.

*Ayer me planté en la casa de una chica a la que conocía de poco menos que nada porque, rebosante de hospitalidad y calidez, me invitó a celebrar con sus amigas, sus increíbles cuarenta, creo que por compartir ambas el habernos separado recientemente. Y aunque no se tocó el tema en ningún momento, el poder de la mujer unida se nota y se siente.

Me emociona, de verdad. Es que no hay nada como estar entre mujeres. Aunque no las conozcas. La magia está ahí.

Y todas sabemos que hacer amigas nuevas en la vida adulta -esa en la que cada uno va a su bola y con los suyos- cuesta. Así que te cuento que ella se animó a invitarme. Y yo me animé a ir. Y te lo comparto para que, si tú en tu círculo, tienes oportunidad de IR o DE INVITAR, lo hagas. Aunque ya tengas otras amigas. Sal de tu zona de confort.

Camino al parking. Sin posibilidad de vuelta atrás pero pidiendo el vºbº a mi amiga que también iba a la fiesta y con la que, por el ritmo frenético de nuestras vidas, todavía no nos habíamos compartido los outfits. Corrobora mucho de lo que visibilizo: prisas, celebración, seguridad, confidencia, empoderamiento, compartir y mujeres.

No pensaba escribir, porque el domingo ya será domingo. Pero aquí estoy, 15:48 de la tarde, con el culo de mi café del desayuno frío y las tostadas en los pies, en pijama y sin ninguno de los quehaceres previstos hecho, dejándome llevar por la inspiración de lo que va sucediendo.

Y es que el otro día, tras el post de Lleida, (ese en el que cuento que sola se puede) una de mis mejores amigas -que no está separada ni es madre- me escribió para decirme que le inspira mucho leerme, aunque lo que escriba no vaya dirigido a ella.

Y que no me lee porque sea mi amiga y me quiera hacer el favor. Como favor me dice que los correos de Substack con mis nuevas publicaciones le llegan a SPAM. Así que fíjate si te ocurre porque recuperando uno, te dejará de pasar.

Además de decirme que le gusta mi manera de escribir (te quiero, amiga, gracias por decírmelo siempre), me reconoció algo que denota una alta generosidad por su parte. Porque hay que ser muy íntegra para reconocerle a tu amiga que envidias algo de lo que ella hace y que te inspira. Y para alentarla a seguir haciéndolo.

Me hizo el mejor de los regalos diciéndome que verme a mí disfrutar con mi proyecto le despertó algo en ella. Porque le sirvió para mirar hacia SU adentro. Y que mirando (valiente, ella, porque no es fácil ponerse a mirar) vio que no tenía nada que de verdad le motive A ELLA. A su ser. No a su personaje. Algo que de verdad haga porque le guste hacerlo.

De hecho, sabia y trabajadita, llegó a la conclusión del por qué se distrae con los hombres: para no aburrirse y darse cuenta de lo que quiere ella realmente. No en una pareja, no en un trabajo, no en un status, no en un circulo de amigos, no en un Instagram. En definitiva, no de puertas para afuera.

Para adentro.

Y la entendí porque a mí también me pasó.

Y escribir es parte del camino de mi encuentro.

Al separarme, también elegí poner la mirada hacia dentro. Para encontrar las respuestas a mis preguntas. Y llegué a la conclusión de que yo en mis relaciones dejaba (un poco) de ser yo. Por gustar, por amoldarme. Por bailar al mismo son que la otra persona. De forma inconsciente, claro. Ahí estaba yo, siempre lista para el otro. Me mimetizo tanto con la otra persona que me acabo amoldando perfectamente a lo que a esa persona (creo yo) que le gusta. Pero ¿y a mí? ¿Qué me gusta a mí?

Antes me contestaba que a mí me gustan muchas cosas. Y que casi todo me va bien. Porque soy easygoing. Alma cándida.

¿Y qué he descubierto? Que a quién le gusta “todo” no es a mí. Es a mi personaje. Siendo ese “todo” el que ha ido variando según la relación: salir de fiesta. Ser más casera. El cine. O las series. Descubrir un tipo de restaurantes. U otro. O cocinar en casa. Viajes de aventura. O de ciudad. Más todoterrenos o de postín. . Ir de compras finde si y finde también. Enloquecer decorando una casa. Veranear en la playa. O en la montaña. Bailar salsa.

Llegué incluso a creerme que me gustaba hacer la ruta de los súpers, los sábados por la mañana. O comer tortilla francesa, cuando nunca me había gustado el huevo.

Increíble. Pero cierto. Todo.

Así que cuando el castillo de naipes se derrumbó, me puse manos a la obra. Lupa en mano.

Primera conclusión: la que te acabo de contar, es decir, que yo, en pareja, cachorreo (término éste cogido prestado de Lucía Numer, más conocida por su IG de Adios cachorra, que aprovecho para recomendarte encarecidamente) porque me pierdo en el otro, en lugar de respetarme a mí.

Segunda conclusión: empecé pico pala a buscar lo que a mí, María SER, me gusta realmente hacer.

Empecé por hacerme preguntas que, a simple vista, parecían inofensivas:

¿Qué me gusta hacer?

¿Qué hacía de pequeña?

¿Qué hago sin mirar el reloj? ¿O mirándolo sorprendida por lo rápido que pasa?

¿Qué haría gratis?

¿Qué me mueve?

¿Cómo sería un día ideal para mí?

¿Qué me hace bailar en la silla al comerlo?

¿Con qué deporte me divierto?

¿A qué jugaría si esto fuera un juego?

Luego empecé a probar. Cosas. Sabores. Lugares. Deportes. Juegos. Series. Pelis. Libros. Podcasts. Personas. Conversaciones. Silencios.

Sola. Para poder descubrir si A MÍ me gustaba lo que probaba (y sigo probando) o no.

Tercera conclusión: si algo me gusta, lo hago. Y no basta con querer hacerlo. Me pongo a hacerlo.

Y entre otras cosas que he descubierto que de verdad me gustan, aquí estoy.

  • Escribiendo.

  • Compartiendo las cosas que descubro que me gustan.

  • Inspirando a mi amiga no separada ni madre con mi blog para separadas o madres.

  • Acompañando a otras mujeres que se sienten solas o débiles por el hecho de haberse separado.

  • Y preparando más cosas que vendrán. Que me emocionan. Me gustan. Me mueven. Me salen solas. Para las que puedo dedicar horas que me parecen ratos.

Gracias por estar y por leerme. Por decirme que te gusta.

Cuéntame si te sirve para ir a la fiesta de una desconocida o para invitarla.
O para confirmar que tienes gustos propios y los respetas.

O que no, pero que te vas a poner a buscarlos.

MGG.

Anterior
Anterior

El valor de la amistad cuando te separas.

Siguiente
Siguiente

La primera separada de mis amigos.