El valor de la amistad cuando te separas.

Ansiedad por el dulce. Amigas en la distancia. Y la necesidad de sostén.


Cuando me separé me adelgacé creo que más de 15kg. Digo creo porque quise perder la cuenta cuando me empecé a reconocer desagradable a la vista. Me cercioré con una analítica de sangre que todo estaba bien y simplemente le di tiempo al cuerpo para que volviera a su forma al ritmo que necesitara.

Y no, no los perdí por no comer. La imposibilidad física de ingerir alimento alguno solo estuvo presente la primera semana. Luego, con relativa rapidez volví a un ritmo (y cantidad) de alimentación normal. Pese a ello, los nervios y el desgaste emocional se comieron, durante muchos meses, todo lo que yo me llevaba a la boca.

Con el normal transcurrir del tiempo, recuperé el peso esfumado y hoy te cuento que, aún y sintiéndome muy serena mental y emocionalmente hablando, hace unos (¿ya?) meses que la ansiedad por la comida se está apoderando de mí. Y yo misma soy la que dejo que campe a sus anchas.

Siempre he sido de dulce. Siempre. Pero el ritmo de dulce que llevo no hay arteria que lo soporte.

Ayer compartía en mi instagram cómo vencía a la pereza mañanera yendo al gimnasio del hotel en el que me hospedé en un viaje de trabajo. Viaje de una noche. Pero no excuses. Me propuse que cuando no tuviera niños, haría deporte, y ayer no los tenía: tocaban pesas.

Y con humor también contaba que menos mal de las sentadillas porque tras la sesión de gym, bien cayeron en el desayuno Buffet, una tarta De Santiago y un bollo random de pasas. Por supuesto, después de la fruta y de la tostada de pan integral con pastrami. Y créeme que haciendo esfuerzos por dejar los churros en la bandejita de plata.

Bueno, veo que llevo 6 párrafos contando poco más que calorías y me desvío del tema principal: la amistad. Sobre mi ansiedad por la comida te diré que poco más tengo que decir. Meditaré más. Cumpliré con el deporte. Terapia. Amigas. Disfrute diverso y esforzarme fuerte en cerrar un poco más el pico.

Pero todo esto viene porque, cuando vengo a Madrid, visito a mi amiga querida que vive aquí. Se llama Clara. Y ¿qué ha hecho hoy Clara? Me ha hecho una tarta de chocolate para que me la lleve a casa y ha comprado unos -muchos- bollos en Moulin Chocolat para que merendásemos juntos en su casa y no me quisiera ir de allí nunca jamás.

Y no contenta con verme morir del gusto en su casa, me ha puesto para llevar los trozos de bollos sobrantes, por si en el aeropuerto o en el avión tuviera algo de hambre. Hambre, digo, ¿será posible?

La suerte que tengo no la puedo contar. Te lo digo enserio.

A veces oso preguntarme por qué tuve la “mala” suerte de tener que separarme. Cuando la realidad es que no he dejado de ganar desde aquel 6 de abril de 2024.

Entre otras cosas, a Clara. Porque ella en origen era amiga de él, aunque fuéramos nosotras las que, desde que nos conocimos, mantuviéramos la amistad viva. Pero todo cambió a partir del día que le conté que nos habíamos separado. Desde entonces ha estado a mi lado todos los días del mundo. T-O-D-O-S. Y vive a 600km.

Pero si algo he aprendido (o reconfirmado) en este tiempo es que a la amistad, le importan un churro los kilómetros.

Clara no solo me cocina o compra dulces, como forma de consentirme.

Me escucha de forma muy activa y me responde de forma muy profunda. Y lo hace aunque el tema del que hablemos lo hayamos tocado ya ochocientas veces antes.

Me ha ido preguntando sin cansarse y con verdadera curiosidad cómo me he ido sintiendo. Qué iba sucediendo. Sin perderse ni una coma de mis días.

Y procesa lo que sea que le cuente almacenándolo en un espacio privilegiado de su memoria al que recurre constantemente para seguir e hilar a la perfección el guión de la historia de mi vida.

Clara no es común.

Toma notas de mis audios y los contesta rebosante de ganas, en el momento en el que su rutina diaria le permite parar para dedicarme ese rato de calidad. Forma parte de mi vida.

Pero también yo de la suya. Porque también me comparte. Me hace partícipe. De su vida. De sus miedos. De sus alegrías. Me cuenta sus buenas noticias. Las malas. Sus enfados. Sus reflexiones. Me hace sentir que mi opinión le suma y le sirve. Y no siento que nuestra relación sea unidireccional porque solo me desnude yo.

En definitiva me hace sentir que está pero que yo también estoy.

Pero si tuviera que destacar solo una cosa, sería sin duda cómo levanta mis días gusano cuando estoy mal. Porque sí; ha habido días en los que las fuerzas han cedido. La desesperanza me ha ganado y el desánimo se ha apoderado de mí. Días en los que me he sentido pequeña. Y sin necesidad de ser yo quién le contase que me sentía así o de pedirle que estuviera ahí para mí, mi relativa ausencia o el desánimo de mi voz le servían para asumirlo y entonces recordarme activamente lo fuerte que soy. Desde su admiración. Poniéndome ejemplos en los que me ha reconocido valiente, fuerte, buena, dulce, cariñosa, generosa y amorosa. Invitándome a volver ahí. Se ha esforzado para que no me olvidara de quien soy cuando presentía que yo lo podía estar olvidando. También por reforzarme mis virtudes desde una posición de animadora nata. Por hacerme sentir valiosa y maravillosa.

Entenderás que le debiera, cuanto menos, un post en Substack.

Decía al principio que no me creo la suerte que tengo y es que tengo otro ejemplo de amistad en la distancia que me ha sumado como si nada nos separase.

La que tengo con mi amiga Caro del alma. Ella vive en Cabo Verde. Y desde el mismito momento en el que me separé, empezamos a entrenar juntas online dos veces por semana. Mi separación coincidió con mi cumple y me regaló 3 meses de entreno online juntas con un entrenador personal. ¿Se te ocurre mejor regalo? A mí desde luego que no.

De verdad que fue impagable el efecto que causó en mí. Me acompañaba a la vez que se aseguró de que no me faltara la gasolina necesaria para toda mente sana: el deporte.

Y como era madre sola de dos bebés y no podía -lógicamente- salir de casa, lo hicimos robándole tiempo al mismísimo tiempo. Parecía imposible encajarlo. Pero pudimos.

Bueno, si has llegado hasta aquí tal vez pienses que bien por mí pero que debería haberles escrito una cartita personal a ellas, agradeciéndoles su existencia misma y no un artículo aquí visible para todos que te está robando el tiempo a ti.

Pues justamente creo que no.

Creo que debo hacerlo público porque es importante visibilizar que la amistad no entiende de distancias. Y que quién quiere estar encuentra el modo. Y también, por supuesto, para recordar que es inmensa la necesidad que tiene una persona que se separa de sentirse acompañada, impulsada, empoderada, reconocida, reforzada y querida.

Así que: Si me estás leyendo y no te has separado, seguro que tienes alguien cerca que sí. Así que, házme un favor y muéstrate más cercana. Aparécete sin que te lo pida. Inclúyela en tus planes. O recuérdale lo que vale, porque ahora mismo, ella probablemente (se) crea que vale cero.

Y si me lees desde el desconcierto de tu nueva situación; sabrás de lo que hablo. Solo decirte que estoy aquí si me necesitas y que espero que sientas amigas cerca pese a que puedan estar físicamente lejos. Y que todo pasa. De verdad.

PD1: Hoy hablo particularmente de Clara y de Caro, que comparten ambas el acompañarme desde tan lejos, porque entre bollo y bollo, pensaba la suerte que he tenido (y tengo) de tener a Clara, a quién no tendría de no haberme separado.

Pero, fortuna la mía, son muchas más las amigas que me acompañan cada día y de formas distintas, y a todas ellas también les debo parte de mi calma. Saben quiénes son. Y acabarán por salir aquí también. Porque lo que comparto, lo hago inspirada desde mi propia experiencia, ya lo ves.

PD2: El valor de las amigas cuando te separas no tiene precio. Tenía que repetirlo.

MGG.

Anterior
Anterior

Clásicos fantasmas de madre separada uniéndose a un plan.

Siguiente
Siguiente

El hombre ya no ocupa todo el lugar.