Y tú, ¿Cómo llevas la compartida?

Un poco de culpa. Mucho de paz. Y un yogur para cenar.


17 de octubre. Madre mía. A octubre le ha ocurrido como al mes de agosto sin hijos; ha pasado volando.

Además parece que lo ha hecho así discretamente, como de puntillas pero de discreto nada. Para mí ha sido un mes clave.

Habiendo transcurrido mes y medio de custodia compartida -o también llamada (espero que transitoriamente) nueva normalidad- puedo afirmar varias cosas:

1. Hay que ver lo que cunde el tiempo.

Gracias a este nuevo régimen de custodia he podido recuperar cosas banales de persona adulta, que cuando una no es madre apenas valora, pero que cuando dejas de tenerlas, la vida se hace un poco más cuesta arriba. Como dormir profundo, encajar al deporte en los to-do’s del día, calzarte unos tacones para ir al trabajo porque no hay carro -ni niños- que llevar, despreocuparte de hacer cenas porque puedes pasar con un yogur (con sus ochocientas galletas, claro), superar las 2 páginas y media de lectura en la cama antes de dormir porque el cansancio ya no es extremo o hasta caminar de forma ligera por la calle. Entre otras muchísimas. Ya sabes, las típicas: el café caliente. Ver la tele. Comer sin esconderte. El impagable silencio. Scrollear sin culpa. O ir al baño sola.

Y lo gracioso es que no solo he recuperado estas cositas tontas del día a día, que ya sé que de “tontas” tienen bien poco, pero que por todos es sabido que son el precio a pagar cuando decides tener hijos y que yo lo pagaría con gusto al precio que fuera.

La maravilla es que con el cuento de la compartida me he recuperado a mí misma. O mejor dicho; he recuperado mis otras múltiples facetas distintas a la de ser madre. He recuperado a María la amiga, la abogada, la hija y la mujer. Y de regalo, me he topado de frente con otra María que también vivía en mí. Ésta: María, la escritora.

Solo en este corto periodo de tiempo he podido:

  • Disfrutar de amigas, permitiéndome improvisar planes entre semana (sin que me acompañase nuestra por todas conocida amiga, la culpa).

  • Quedarme a trabajar hasta tarde (sin rastro de remordimiento).

  • Ser ponente en un curso para abogados (sin que la falta de tiempo me impida seguir desarrollándome profesionalmente).

  • Conocer a nuevas personas (aquí sí que acompañada de mi amiga, la vergüenza).

  • Iniciar un proyecto que me apasiona (éste).

  • Y compartir tiempo con mi madre (sin que ella haga de abuela).

Conclusión: confirmado que todas las Marías que habitan en mí están sacando partido de la situación. Y lejos de sentarse a lamerse la herida, la disfrutan.

2. El sentimiento de amor que siente una madre por sus hijos, mueve montañas.

Porque mientras todas mis Marías están de celebration por recuperar un poco de aire fresco después de haber sacrificado y dedicado todos los minutos de sus últimos 3 años a madrear -y prácticamente en solitario-, la María madre sigue anteponiendo el bienestar de sus hijos al suyo propio. Y es que si tus hijos no están bien, ya puedes ponerte a contar ventajas, que ninguna te va a valer.

Así que, siguiendo con el hacer todo lo que esté en mi mano por dar a mis hijos la mejor infancia que se merecen, te cuento feliz que este mes de octubre he presentado -por fin- el recurso a la sentencia que dictó un juez sin leerse un solo papel, dando todo el valor probatorio al interrogatorio de parte.

Parece mentira y suena exagerado, pero asumamos todos que estas cosas -lamentablemente- pasan.

Y que, como con todo en la vida, toca elegir:

  1. Asumes el resultado. Aunque te parezca infundado (más allá de injusto, claro). Entierras el hacha de guerra, y te sometes a la nueva situación. Porque ya tienes unas reglas con las que jugar y acatándolas, el conflicto irá reduciéndose en pro de una suerte de paz generalizada.

  2. Recurres. Te haces con las (posiblemente ya pocas) fuerzas que te queden y reabres la herida. Porque si las pruebas no se valoraron o no se hizo debidamente, el sistema permite que se revise por una instancia superior. Y con eso, cuanto menos, la lectura de todo el material probatorio queda garantizada.

Sinceramente, te reconozco que no me resultó tan fácil decidirme. Pese a tenerlo clarísimo, elegir la opción 2 me supuso mucha lucha. Sobre todo interna.

  • Culpa por mantener vivo el conflicto entre nosotros. Cuando lo que más necesitaría ahora mismo sería que nos fumásemos la pipa de la paz.

  • Tristeza por revivir situaciones injustas.

  • Vergüenza por si, pese a los esfuerzos de mis intentos, nada cambia.

  • Y miedo por las repercusiones que esto no tardaría en traer consigo.

La cosa se dio así.

Primero: La fase de recurro 100%. Cuando leí la sentencia por primera vez, la rabia que me provocaba la incredulidad de lo que leía no dejó lugar a que existiera otra alternativa distinta a la de apelar. “Aunque decidan lo mismo”, me decía, “pero que lo hagan con razón de ser, basándose en algo.”

Segunda: La de las dudas. Con el transcurrir del tiempo -más teniendo en cuenta que tuvimos el agosto inhábil de por medio-, se apaciguaron las aguas y me llegué a cuestionar si valía (alguna) pena que volviera a removerlas cuando posiblemente, después de unos meses de ejecución de la nueva situación -por más injusta e inverosímil que sea ésta-, es difícil que la Audiencia modifique lo que en su día se sentenció. Ello, ojo al dato, pese incluso a que se llegara a estimar que efectivamente se sentenció haciendo una incorrecta valoración de la prueba. Ahí es nada. De nuevo, suena increíble pero me consta que sucede. Es algo así como que te dijeran: “mira, te damos la razón; el juez dictó una sentencia valorando incorrectamente la prueba aportada pero ahora ya no vamos a cambiar la situación otra vez, así que os quedáis como estáis.” Y chimpúm. Ancha es Castilla.

Tercera (y última): La de “pero ¿cómo no voy a hacerlo? Y finalmente suceden cosas del día a día que te llevan a no poder hacer otra cosa que no sea dar absolutamente todo de ti, haciéndote con la garra que no sabías ni que tenías, para tratar de enmendar una situación que no debería de estarse dando. Y no lo haces por ti. Porque de ser así, no lo harías, puesto que, hablando en plata, la maternidad monoparental es infinitamente más fácil de llevar en una custodia compartida que en una exclusiva. Pero a tu faceta madre no le cuentes historias de facilidades logísticas ni de recuperar el tiempo para una misma. Ella prioriza el bienestar de sus hijos al suyo propio. Y las demás versiones de ti, acatan.

C’est la vie, que dirían en Francia. La vida madre, claro.

3. Todavía no me creo lo bien que puede llegar a estar una sola.

Párrafo no apto para quién no esté en el mejor momento de su relación pero no quiera romper.

Y muy recomendable para quién sí se acabe de separar y ahora mismo esté en ese punto en el que te crees que te vas a morir de tristeza, soledad y delirio.

Aguántame la tristeza querida; súfrela y vívela, ya que no hay otra manera de pasarla, pero ten fe porque cuando pase, vas a estar mejor que en brazos. Además toda ruptura nos enseña y permite volver a empezar, pasando directamente al siguiente nivel del juego.

Recuerdo que las primeras semanas e incluso meses, cuando literalmente me faltaban unos brazos extras para llegar a sostener las necesidades que tenían dos bebés under two, me decía en mis momentos más flojos, que sola no iba a poder.

Y ocurrió que, a horas punta, por mi casa desfilaron vecinas, amigas de toda la vida, amigas nuevas, por supuesto abuelos e incluso canguros y aupairs.

Bendita tribu.

Pero a lo que voy. Que pese a que en el momento de mayor crisis -emocional y logística por las edades- creí que la soledad iba a poder conmigo, lo cierto es que pronto se convirtió en mi mayor regalo.

Y hoy en día, pocas cosas me hacen sentir tan feliz, en paz y a gusto como el llegar a casa sola y saber que simplemente me espera el gozar del tiempo para hacer tranquilamente mis cosas.

O cuando después de pasar la tarde con los niños por ahí, volvemos a casa y cenamos pronto los tres juntos, siendo más equipo que nunca. O cuando siento que nada me falta porque tengo a los niños dormidos en sus camas y llega mi momento, como ahora, en el que hago lo que me gusta: me regalo mi rato para escribir, para leer o para mirar una serie. En mi perfecta compañía. O cuando lloran y acudo sin necesidad de consensuar si debo o no traerlos a la cama para dormir juntos; simplemente lo hago porque los tres lo disfrutamos y porque nada nos lo impide.

Bendita paz la que encuentras cuando te conoces, te amas, te respetas y te cuidas.

Y eso ocurre a solas, contigo.

MGG

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